“Quijote”, originalmente, significaba
1. m. Pieza del arnés destinada a cubrir el muslo.
2. m. En el cuarto trasero de las caballerías, parte comprendida entre el cuadril y el corvejón.
Es obvio que Cervantes hizo que su héroe eligiera llamarse “don Quijote” en plan de burla. ¿Quién creería –¡ni el mismo Cervantes!– que con el paso del tiempo “quijote” llegaría a significar “hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su provecho o conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas” (DRAE)?
Así es todo el Quijote, y por eso me gusta tanto: es un recordatorio de que nuestro paso por esta vida es un juego, pero un juego que hay que tomarse en serio. Nadie peor que el aguafiestas que vive frustrado porque quiere algo más que un simple juego… Don Quijote desempeño tan bien su papel que casi se reificó: se hizo real. Al menos, un ideal real sobre la elegancia con la que hay que vivir, haciendo de tripas corazón y de la necesidad virtud.
— ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana, desta manera? (…)
— Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro.
Palabras proféticas, ¿no es cierto?

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